Hola, soy Patty. Escribí acá hace mucho tiempo. La Guadaña empezó siendo algo, se transformó en otra cosa y ahora no sé.
martes, 1 de mayo de 2012
Letra Z: Zombies
domingo, 23 de mayo de 2010
"Keko" por Patricia Santos Alvez
Las calles céntricas estaban desiertas. Sebastián podía escuchar el latido de su corazón a medida que avanzaba. Un cuida coches, acompañado de un perro sarnoso y un palo pintado de rojo, esperaba que algún chofer regresara y le diese una moneda para comprar más vino y poder enfrentar mejor el frío de la noche.
El viento comenzó a soplar.
-Llegamos – dijo Agustín de pronto. Un par de casas más adelante se veía la clásica luz roja. Era un faro en medio de la nada, indicando el camino correcto.
El tipo de la puerta sonrió al verlos y los dejó pasar como si nada. Sebastián sabía que se estaba riendo a sus espaldas.
El prostíbulo estaba semivacío. Dos hombres bastante alcoholizados estaban en la barra conversando con una puta que los escuchaba sin interés. Agustín eligió una de las mesas del fondo y se sentaron. Un viejo le pellizcó la cola a una pelirroja que acababa de atenderlo. Le hizo una guiñada complice a Sebastián en busca de camaradería. “Podría ser tu nieta” pensó asqueado mientras se quitaba la campera y la colgaba en la silla.
Varias prostitutas estaban sentadas con cara de nada. Una de ellas miraba continuamente el celular en espera de algún mensaje revelador. Cada tanto se veía a alguna subir o bajar con un cliente. Ese era todo el movimiento del lugar.
-¿Es la primera vez que vienen?- les preguntó una de las mujeres al acercarse. El escote que usaba era demasiado profundo para su edad.
-Si- respondió rápidamente Agustín. La inocencia se les leía en la frente.- Es mi regalo de cumpleaños- mintió mientras hacía una seña con la cabeza en dirección de su amigo. La puta no pareció interesarse en sus tontas excusas. Todos mentían siempre.
La madama llamó a sus chicas. Al ser nombradas hacían un pequeño desfile para exhibirse. Agustín eligió a una muy parecida a su ex novia. Sebastián se quedó con Karina. Ella lo guió a su habitación.
La decoración era austera. Los clientes no iban a apreciar los detalles. Sobre la cama la imagen de un fénix dominaba el cuarto. Sebastián se distrajo viéndolo y no escuchó parte de de las indicaciones que le eran dadas. Algo sobre poses limitadas y costos extra. Asintió con la cabeza como si escuchara.
-Lo básico está bien- dijo antes de prolongar la charla y le pagó lo convenido. Después de contarlo, Karina guardó la plata dentro de un cajón.
Los espejos en el techo y las paredes le permitían verla de todos los ángulos a medida que se quitaba la poca ropa que llevaba puesta. ¿Cuántos clientes tendría esa noche? ¿Tres? ¿Diez? No importaba. Él era uno de tantos que visitarían esas sábanas raídas. Esos pensamientos querían acaparar toda su atención. Karina tenía oficio y actuaba el rol de ambos. Karina sabía lo que hacía. Karina. Sólo existió ella…
Al terminar, y después de preguntarle si deseaba algo más, desapareció detrás de un biombo. Sebastián podía imaginársela higienizándose. Salió antes de sentirse sucio.
El viejo que le había guiñado un ojo no le sacaba la mirada de encima. Podía sentirlo. Giró la cabeza para verlo de frente. El tipo levantó su copa a modo de saludo. Eso no hacía más que empeorar todo.
-¿Cómo estuvo? – le dijo Agustín y le palmeó la espalda. Tenía una sonrisa enorme dibujada en el rostro. Sus ojos brillaban de forma especial y estaba bastante sonrojado. Sebastián se apresuró a ponerse la campera, dándole a entender que debían irse.
-Fa, ¡no sabés cómo encaraba la loca!- exclamó Agustín apenas estuvieron en la calle. Tenía ganas de contarlo todo con lujo de detalles y compartir experiencias. Siempre había tenido ganas de conocer un putero.
- No te hacés una idea de lo que fue eso… - continuó, como si aún no pudiese creer lo que había pasado. -¡Pero contame vos! ¿Te gustó tu regalo de cumpleaños?- Le dijo riendo y lo golpeó en el brazo para obligarlo a contestar.
Sebastián caminaba mirando el piso. El golpe lo volvió a la realidad por un momento. Empezó a hablar como si lo necesitara. Hablaba consigo mismo.
-No sé – comenzó y se quedó callado. Los pasos de ambos hacían eco sobre las baldosas.- No le encuentro pasión a esto –dijo, y se quedó en silencio. Se metió la mano en el bolsillo y encendió un cigarro.
–Fue como diría el tipo de la naranja mecánica: “un mete-saca”- dio una pitada rápida y siguió.-Es como esa imagen del trabajador, ¿viste? Donde el tipo está en la fábrica poniéndole las tapas a los envases con cara de siempre lo mismo.- Agustín entendía perfectamente.-Para la mina es cómo un trámite… -dijo con amargura.- Ella no estaba ahí. ¿Entendés?-hizo una pausa larga. -Es sólo un agujero.- Las últimas palabras salieron de su boca con bronca, como si se sintiese culpable de que ella fuera una puta.
- A vos no te sirve nada- respondió Agustín con un enojo fingido.-Al fin y al cabo, son sólo putas. No podés hacerte problema por todo.
Siguieron caminando y no hablaron más del tema. Ya eran hombres. Debían comportarse como tales.
viernes, 2 de abril de 2010
"París" por Patricia Santos Alvez
“The Raven”, Edgar Allan Poe.
La mujer de la entrada se encontraba apoyada sobre el mostrador hojeando una revista de chismes. Parecía no interesarse en sus pícaros huéspedes. Todos venían a lo mismo. Ella y su horrendo vestido floreado les daban la bienvenida a los visitantes. El maquillaje barato, los zapatos descoloridos y los modales groseros no eran más que el preámbulo ideal para ese mundo de fantasía.
Federico se preguntó si recordaría los rostros de sus clientes. Seguramente no. A lo sumo conservaría algún vago recuerdo. Estaría “el viejo verde con la pendeja”, “la parejita de noviecitos enamorados” y “el casado con guita que podría pagarle un lugar mejor a la amante que tiene y no traerla siempre a este sucucho”. “Sucucho”. Esa si que era una buena palabra.
Subió las escaleras contando los escalones. Era una costumbre que no había podido abandonar desde niño. Doce. El número no había cambiado. Contarlos era algo inevitable. Carolina ignoraba casi todas sus estúpidas costumbres. Jamás las entendería.
Ambos entraron en el cuarto sin hacer el mínimo reconocimiento. Federico pedía siempre la misma habitación: la siete del primer piso. La que tenía paredes color terracota y una decoración austera. ¿De qué les servían los adornos a aquellos que no los apreciaban?
Reflexionó acerca de ese tonto fetiche numérico. Solamente servía para conservar una tradición no asumida. Otra costumbre para añadir a la lista de las rutinas sin sentido. “Cuando se veía con Carolina Ocampo lo hacían siempre en la habitación número siete del hotel París en la calle Colonia”. Era una frase digna de pertenecer a su biografía, si algún día alguien llegara a escribirla.
Carolina entró y encendió las luces. Se detuvo en medio de la habitación. Le dio la espalda y se quitó la chaqueta, dejándola sobre el sillón color chocolate. Volteó y lo invitó a acercase con el dedo índice. Sonreía.
- ¿Desea que lo ayude a ponerse cómodo? – El chiste estaba gastado. En los labios de Carolina cobraba vida gracias a sus encantos.
- Nada me gustaría más en este momento – respondió Federico. Ella comenzó a quitarle la ropa. “A lo que vinimos, guachita”, le hubiese gustado decirle. Sería mejor que sus gestos expresaran lo que en palabras sería inadecuado.
Sus manos empezaron a recorrer ese cuerpo que ya le pertenecía, acariciándolo lentamente. Podía sentir sus senos debajo de la blanca camisa de seda. Carolina correspondía a los besos en el cuello con los ojos cerrados, emitiendo suaves gruñidos de placer. Su respiración se tornaba más rápida con cada una de sus caricias. La excitación de ambos iba in crescendo. El ventilador no alcanzaba a mitigar el calor que estaban sintiendo. El fuego los quemaba por dentro, liberándolos de la responsabilidad de sus acciones. El ruido de las aspas no cesaba. Los suaves ronroneos dejaron paso a los jadeos que llenaron la habitación.
Federico la miró mientras ella reposaba con los ojos cerrados. Parecía más frágil de esa forma; como si hubiese dejado de lado todas las armaduras que usaba durante el día. Le gustaba verla así: desarmada y con la guardia baja.
- Es tarde - dijo Carolina rompiendo el silencio. Tarde, temprano… ¿Y qué? La inmortalidad consistía en vivir la vida como si nada cambiara. En existir sin pensar en el mañana.
- No es tarde. Estamos juntos. – Hundió su nariz en su piel y aspiró su olor a mujer, abrazándola fuertemente contra su cuerpo. La besó tiernamente en el hombro y se aseguró que aún estaba a su lado. Era suya.
-Te quiero, putita mía.- Carolina giró y lo besó apasionadamente en los labios. Le encantaba que la llamara de esa forma. Formaba parte de una broma tan vieja que ese parecía haber sido su nombre secreto desde siempre.
-Yo también te quiero.- “Te amo” era una frase demasiado trillada para arruinar el momento. Se apreciaban demasiado para mentirse con tal descaro.
Carolina se durmió en sus brazos como una niña. Federico hizo otro tanto momentos después. La luna menguante que observaba a través de la ventana fue su único testigo. En unas horas regresarían a sus hogares; a sus trabajos y familias. Su relación era especial: sin compromisos, sin traiciones, sin sentimientos. Solamente el más puro y bello sexo.
“Never opened myself this way
Metallica – “Nothing else matters”
Patricia Santos Alvez.
domingo, 7 de febrero de 2010
"Cuando llegue"
Cuando llegue espero ver todo igual que antes. Deseo ver el caminito de margaritas bordeando la entrada hasta la puerta verde despintada. Quiero tocar el timbre y escuchar como ladran los perros de mi abuela. Abrir el portón de madera y oír como cruje por la falta de aceite. Cada vez que voy lo reparo y le digo al abuelo que debe aceitarlo cada tanto. Él se ríe y promete hacerlo. Yo también sonrío al decírselo. Ambos sabemos que volverá a olvidarlo.
Mientras miro por la ventana del tren recuerdo todos los buenos momentos que pasé junto a ellos. Los veranos en que cacé mariposas y pesqué junto al río. Las tardes en las que trepé a los árboles y grité hasta quedarme sin aliento. Me encantaba correr por esos campos infinitos hasta caer rendido sobre la hierba.
A veces mis padres no tenían tiempo para estar conmigo y escucharme. Mis abuelos siempre estaban ahí cuando los buscaba. Mi abuela solía sentarse a mi lado y contarme infinidad de historias. En otras ocasiones, simplemente se sentaba a mi lado mientras era yo quien relataba cuentos inventados. A ella le gustaba escucharme, algo que muy pocos adultos hacían conmigo en ese entonces. Apreciaba muchísimo que se interesara sinceramente por lo tenía para decir.
¡Qué días aquellos, en los que todo parecía posible! Lo que más disfrutaba era sentarme a mirar el cielo. De día, mirando las nubes, soñaba con dragones y calaveras. De noche surcaba el espacio en mi nave espacial imaginaria. Sólo ahí, en la casa de mis abuelos, era posible el milagro de aventurarme en todo aquello que se me ocurriese. Mi mente se cohibe ante la civilización. Me resulta imposible vivir historias como esas en otro sitio.
Ah… mis días en esa granja eran geniales.
Cuando llegue voy a probar suerte otra vez. Quizás pueda volver a realizar mis sueños por unos instantes. De todas formas, sé que no será lo mismo. Ellos ya no están ahí ni en ninguna otra parte. La granja es sólo un trozo de tierra. Iré por última vez al lugar que supo ser el más feliz de mi existencia. Pronto dejaré de llamar a esa propiedad "mía". Mañana firmaré mi sentencia a vivir sin sueños en la triste realidad. Se van todos mis anhelos y recuerdos más profundos de la infancia. Abuelos, mírenme, ya soy todo un hombre.
Patricia Santos Alvez.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Dos pesos
Sebastián notó la ausencia de alguien en el grupo. Fue una sensación extraña, una especie de presentimiento. En ese momento sintió un vacío al no verla y necesitó con urgencia asegurarse de que se encontraba bien.
Se alejó de sus compañeros y fue a buscarla. La encontró junto a la fuente, absorta mirando los peces. Caminó lentamente, intentando no quebrar ese instante mágico. Sólo se oía la suave brisa moviendo las hojas de unos arbustos cercanos y el fuerte palpitar de su corazón enamorado.
Mariana parecía una pequeña ninfa deseosa de volver a sus dominios. Su largo cabello negro caía desordenadamente sobre sus hombros cubriéndole parte de la espalda. Tenía un pie cerca del agua, como si estuviese a punto de quitarse la sandalia y ponerse a jugar como una niña. Derrochaba ternura por donde se la mirara.
-Hola- dijo Mariana sin darse vuelta con una voz apenas audible, rompiendo la calma que los rodeaba. Sebastián se hubiese quedado quieto como un árbol toda la vida tan sólo para poder contemplarla.
- Hola – respondió, sin saber si su presencia la incomodaba y debía irse. Se sentía un intruso al romper la conexión que ella tenía con su universo.
-Son hermosos, ¿verdad? Ahí, tan tranquilos, sin que nada les importe. Sin que nada los afecte. – Sebastián sabía a que se refería y prefirió no decir nada. Ella trató en vano de disimular y secarse una lágrima que se resbalaba rápidamente por su mejilla izquierda. Se notaba que había estado llorando. Aún tenía los ojos brillosos.
- Si. Son lindos.- Sebastián respiró profundo. Tenía la mirada clavada en el agua. No sabía qué hacer o qué decir. Siempre se sentía impotente en ese tipo de situaciones, incapaz de borrar tristezas o de ofrecer consuelo. Deseaba ayudarla, pero no sabía como.
Tras permanecer unos minutos en silencio, sin querer irse pero sabiendo que su papel en la obra había terminado, tuvo una idea. Revolvió con urgencia sus bolsillos y sacó algo diminuto.
- Tomá. Pedí un deseo.
Por primera vez en varios días, sonrió. No fue una sonrisa como las de antes. Esas parecían no haber existido jamás. Sin embargo, por un momento los malos recuerdos le habían dado un respiro y no sintió penas sobre su corazón afligido.
- Gracias- dijo Mariana tomando la moneda y mirándola como si el pequeño trozo de metal le estuviese diciendo algo. Sus ojos volvieron a brillar más intensamente que antes. Reprimió el impulso de volver a llorar. Él no entendería el motivo de sus lágrimas y se entristecería. Son cosas que los hombres muchas veces no comprenden.
La moneda voló en el aire y cayó limpiamente dentro del agua. Una mariposa se posó en una flor cercana y los observó alejarse tomados de la mano.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Un nube de tristeza.
Sus palabras la hirieron tanto que pudo sentir cuando su corazón se rompía. Desvió la vista y no dijo nada. Martín no merecía ser testigo de su sufrimiento. No esta vez. Lo que había dicho le había dolido demasiado.
Esbozó una sonrisa triste. Él nunca sabría lo que había pasado. Su orgullo no se lo permitiría.
- Te amo - le susurró para demostrarse a si misma que tan lejos era capaz de llegar.
- Yo también te amo, Lau - dijo dándole un beso. Ella le agradeció eso. No podría sostener su mirada. Contener las lágrimas ya era demasiado esfuerzo.
"Lo siento, amor", pensó. Jamás le había mentido. Sin embargo, esta vez era necesario.
Los meses pasaron. El amor que alguna vez había sentido ya no existía. Laura sentía que su matrimonio no tenía sentido pero no tenía opción. La soledad la abrumaba. Sin él, no era nada.
lunes, 11 de mayo de 2009
Sala 19, cama 11.
La mujer de los tacones rojos descendió del taxi. Miró un instante el viejo edificio antes de decidirse a entrar y con paso firme, se dirigió a la puerta principal.
Una vez dentro, parada sobre las baldosas blancas y negras, se sintió pequeña y perdida. Sintió frío, a pesar del cálido noviembre.
- ¿Podría indicarme dónde está la sala diecinueve? – le preguntó a una enfermera que pasó a su lado. Esta la miró sorprendida. Se notaba que la mujer no pertenecía a ese lugar.
- Seguí por este pasillo hasta al final y ahí doblá el corredor a la derecha. – dijo curiosa por saber a quién visitaría. “Acá tu ropa cara no significa nada”, pensó al verla tan arreglada.
- Gracias – respondió la dama, sonriéndole educadamente.
Laura esperaba escuchar algo. No sabía como iba a reaccionar ante los sonidos del lugar. Sin embargo, el silencio era aún más incómodo. Los medicamentos impedían que alguien se quejase y sólo oía el resonar de sus pasos.
A través de los ventanales que daban al jardín se podía ver a alguno de los pacientes en sus horas de recreo. Algunos caminaban, otros simplemente estaban sentados bajo el sol. Los rayos eran insuficientes y el calor no lograba entibiar sus corazones.
Las paredes no habían sido pintadas en un largo tiempo. Los pocos carteles existentes estaban amarillentos o rotos. Las plantas que adornaban el pasillo, marchitas. El lugar sufría de un notorio abandono.
Las salas se encontraban a ambos lados del corredor. Por la numeración, la que buscaba era una de las últimas. “Ojala las puertas estuvieran cerradas”, pensó mientras avanzaba.
En cada una de las habitaciones había veinte camas. Adentro, algunas personas se movían rítmicamente al compás de una música inaudible. Adelante y atrás, adelante y atrás. Otras, permanecían sentadas o acostadas, sin moverse siquiera. Una mujer despeinada la miró sin verla, como si estuviese observando la nada. Sintió como esos ojos la traspasaban, buscando algo que jamás encontrarían.
Un ruido la hizo estremecerse. A su derecha, un hombre delgado con un pijama celeste se golpeaba una y otra vez contra la pared.
- Vení, Fernando. No te hagas eso. – Un enfermero se acercó y lo tomó por los hombros, alejándolo de la puerta sin que el hombre opusiera resistencia.- Sentate acá. Tomá. Jugá con esto – le dijo entregándole una pelota de goma. Fernando empezó a apretarla una y otra vez. En ningún momento levantó la cabeza. Laura sabía que su mirada no estaba allí ni en ninguna otra parte.
Diecisiete.
Al igual que en las otras salas, en la diecinueve la puerta estaba abierta. “¿Lo reconoceré después de tanto tiempo?”, se preguntó antes de entrar.
Tenía el cabello blanco. Estaba más flaco. Sentado en la cama, parecía esperar a alguien. Tal vez la esperaba a ella.
Se acerco sin ver a los demás. Era mejor intentar olvidar donde se encontraba.
- Papá, soy yo.- de pronto su voz tenía veinte años menos. Él no se inmutó.
- No recuerda nada, ni siquiera su nombre. Al principio era agresivo. Ahora ya no hace nada – dijo un enfermero que usaba una pulsera de plata.- ¿Usted es la hija? – preguntó, conociendo la respuesta.
- Si – dijo Laura sin apartar la vista de su padre. No se había movido desde que llegó.
- Está así todos los días. Desde que se levanta hasta que se acuesta. Es muy tranquilo.
Laura intentó recordar la voz de su padre. La última vez que lo había visto tenía seis años.
Tenía tantas preguntas que hacerle. Sin embargo, él no iba a responder. Deseaba abrazarlo. Estaba demasiado débil y no quería desmoronarse frente a un desconocido.
Se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.
- Nos vemos mañana, papá.
- Gracias – le dijo al enfermero con los ojos vidriosos.
- Para eso estamos – respondió incómodo. En todos sus años ahí, jamás había visto a alguien que visitara al tipo de la cama once.
Ella se alejó, sabiendo que no volvería.
viernes, 3 de abril de 2009
Insert your title here
El calor era sofocante. Las personas que poblaban 18 de Julio lo sabían. Sin embargo aún estaban allí, contribuyendo a empeorar la situación.
Andrés no veía la hora de volver a sentarse junto al ventilador de la oficina. Los cuerpos pegoteados de quienes lo rodeaban le daban asco. Caminaba rápido, intentando apresurar el momento en que volvería a estar sentado en su escritorio, junto a un Coca-Cola. Era mejor estar en compañía de una cerveza. Malditas reglas laborales. ¿Y si se la tomaba ahora? Había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho. No, hoy no. Lo mejor sería volver cuanto antes al bunker de la soledad. Estar rodeado de gente sudorosa no le resultaba agradable. “¿Seré agarofóbico?”, se preguntó sin demasiado interés.
Miró a lo lejos, intentando calcular el tiempo que tardaría en llegar a su destino: el banco. En un día invernal le llevaría muchísimo menos tiempo recorrer la misma distancia. Cuando hace frío, la gente camina rápido tratando de entrar en calor y disminuir su estadía a la intemperie. En enero estos mismos seres sólo se esfuerzan en despegar sus pies del piso intentando dar dos pasos sin perder el aliento. El sol lo hacía filosofar. Necesitaba con urgencia un cigarrillo.
Aún con la mirada perdida en el horizonte de sus cavilaciones personales, era imposible ignorar su presencia. Ella destacaba entre su entorno. Llevaba una falda simple sin adornos ni estampados. La delicada blusa de seda no hacía más que resaltar sus atributos. Su oscuro cabello estaba recogido de tal forma que solo algunos cuantos mechones caían sobre su luminoso rostro. Sonreía al hablar. Eso la hacía aún más bella.
Sus caminos iban a cruzarse irremediablemente. Andrés olvidó momentáneamente sus anteriores malestares y observó a los dos tipos que la acompañaban. El de la izquierda era un idiota. El otro también. “No sé qué hace una mina así con unos tipos como esos”. Tal vez nunca lo supiera. ¿Sería por eso que no tenía novia?
Faltaban unos pocos segundos para el encuentro. Sin apartar los ojos de su objetivo, sacó a relucir su mejor sonrisa y se acercó.
- Te parecés a Tania... pero también podrías ser Julia- dijo al tiempo que la miraba como si de esa respuesta dependiera el resto de su vida.
Los tipos estaban sorprendidos. Andrés había violado su barrera protectora sin que lo hubiesen notado. “Confirmadísimo. Son unos giles”, pensó Andrés sin mirarlos. ¿Ellos adivinarían sus pensamientos? Quizá. Por eso parecían enojados.
Su sonrisa fue mayor al saberse protagonista de la situación.
La joven se sintió halagada. Jamás la habían abordado de esa forma. Andrés era atractivo. La combinación perfecta. Ella era conciente de su propia belleza, así que no hizo más que sonreír seductoramente y responder.
- Me llamo Laura- dijo, sabiendo que su nombre era lo que menos importaba en ese momento.
Los tipos la miraron. Se habían concentrado tanto en el intruso que olvidaron que su protegida tenía personalidad propia.
Ella estaba deseosa de conocer la próxima jugada. ¡Había creído que salir con sus primos iba a ser aburrido! En ese momento no le importaba nada más que la persona que tenía delante.
Mientras se pasaba la mano por el cabello, Andrés observó por un instante sus zapatos. La miró fijamente a los ojos y le dijo:
- Oh, perdón - y agregó con una sonrisa en los labios.- Creo que me equivoqué, je je. A veces me pasa.- le dijo haciéndole una guiñada al tipo de la derecha, el más alto.
La seducción dejó paso a la incredulidad. El alto lo miró sin saber si lo habían insultado o no. El otro miraba alternadamente a Andrés y a su hermano sin entender nada.
Andrés pasó entre medio del grupo de primos y se alejó sin volver la vista atrás. En la próxima esquina se compraría esa cerveza. Se la había ganado.
Patricia Santos Alvez
martes, 10 de marzo de 2009
Un cuento corto
Miré a mi alrededor. La puerta estaba cubierta de rasguños. Supe que no era el primero en ser encerrado allí.
Una de las paredes tenía pequeñas marcas verticales. Alguien había contado los días de su cautiverio.
El piso de madera estaba cubierto de manchas de todo tipo. Las rojas eran las que menos me importaban. Ya me habían golpeado. No les tenía miedo.
Me dieron ganas de vomitar. Evité hacerlo. No quería que ese olor me acompañara durante mi estadía en ese lugar. Ya era suficiente con el olor a orina y a sudor.
Me agaché e intenté mirar por debajo de la puerta. Sólo vi un largo corredor iluminado. Nadie se molestaba en cuidarme.
Me dolía la cabeza, estaba hambriento y tenía frío. Traté de oír algún vehículo, algún sonido del exterior. Nada. Grité con todas mis fuerzas pidiendo auxilio. El silencio fue la única respuesta que obtuve.
Me senté en el piso. Una cucaracha vino a visitarme. Me distraje un instante viéndola acercarse a mí lentamente. En ese momento, el sonido de una sirena llenó la habitación. Me tapé los oídos pero era imposible sofocar ese ruido. Grité de dolor pidiendo que se terminara. Cuando sentí que mi cabeza iba a estallar, se acabó. En ese momento noté que en la esquina de la habitación había una cámara.
Patricia Santos Alvez
lunes, 29 de diciembre de 2008
Una noche cualquiera
La noche era perfecta: cálida y sin nubes. Las luces de la fiesta impedían ver las estrellas. De todas formas, él decidió permanecer afuera, mirando la nada. El cigarrillo le había brindado la excusa perfecta para dejar de bailar con la prima gorda de la recién casada. Gracias, Coronado.
De pronto, Juan deseó un trago. La posibilidad de que alguien volviera a insinuársele de forma explícita le quitó las ganas. Esa mujer sobrepasaba la vulgaridad que estaba dispuesto a soportar. Tal vez dentro de unas horas le diera el gusto. Por el momento estaba demasiado sobrio para considerarlo sin sentir asco.
Una voz familiar hizo que abandonara sus cavilaciones.
- ¿Cómo le va, caballero? – dijo la dama a sus espaldas. Juan se sorprendió. No la oyó acercarse. Es más, ni siquiera la había visto durante la ceremonia o en la fiesta.
- Buenas noches, bella dama. – La galantería intentaba cubrir la brecha del desconocimiento. Ambos eran amigos de los novios, motivo que los había hecho coincidir en un par de ocasiones. Se caían bien, pero no era más que eso.
- Es raro encontrarte acá afuera. Solo – dijo Marcela provocativamente. Juan observó la copa en su mano. El efecto del alcohol se le notaba al hablar. La fiesta apenas había comenzado y ella ya había tomado demasiado. Juan esperaba que no siguiera ofreciéndose. Ella era una mujer hermosa. Si la situación era propicia, sus instintos no tardarían en anular su escasa moralidad.
- Tenía ganas de fumar- dijo Juan dando una pitada y exhalando el humo sin mirarla –. Contame, ¿estás trabajando? – Tal vez, si desviaba la conversación, ella entendería.
- Si, estoy trabajando en una inmobiliaria cerca del shopping.- dijo Marcela, dándose cuenta de la indirecta.
- Ah, mirá. Que bueno.
- Si, yo qué sé. Está bien. Es un buen trabajo. – mintió Marcela, sabiendo que era algo insignificante -. ¿Vos? ¿Seguís trabajando en el banco?
- Si, sigo ahí. Pienso seguir hasta que me echen, je je.
- Está bien. Tuviste suerte. – No, no fue suerte. Había tenido que estudiar mucho para ganar el maldito concurso. “Aun borracha se te nota la envidia”, pensó Juan con amargura. No pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa. A ella le jodía. Él lo disfrutaba.
Llegó ese silencio incómodo que visita todas las conversaciones forzadas. La única escapatoria era continuar con esa lista de preguntas que se hacen en cualquier charla intrascendente.
- ¿Y tu familia? – preguntó Juan para decir algo -. Vos tenías un hermano que estudiaba en la facultad, ¿no?- Si, estaba casi seguro que la había escuchado comentar algo al respecto.
- Murió hace cinco meses. Un accidente de auto.
La noche se hizo de pronto más fría. Juan jamás hubiese esperado esa respuesta. Nadie lo haría. Quería decir algo pero estaba en blanco.
Muerto. “Ella lo dijo como si ya no importara. Es cierto, no importa” pensó Juan dándose cuenta de que nada podía hacerse.
¿Qué se dice en esos momentos? Nada le venía a la mente.
- Yo… no sabía… – fue lo único que alcanzó a decir, aunque sin lograr asimilar las palabras que había oído unos momentos atrás.
- ¿Cómo ibas a saberlo? – le contestó ella con una expresión que intentaba decir “no te sientas mal, vos no tenés la culpa y yo ya lo superé.” Le contó lo que había pasado. Juan jamás supo que la estaba oyendo -.Voy a buscar otro, ¿te traigo algo?- dijo evitando que Juan intentara decir algo que ya no tenía sentido. Su hermano ya había muerto.
- No, gracias – le contestó y la observó mientras se alejaba.
Juan murmuró algo tan bajo que las palabras apenas salieron de sus labios. "Lo siento" no significaba nada.
Patricia Santos Alvez.
sábado, 20 de diciembre de 2008
J. Herrera y Reissig esquina Gonzalo Ramirez.
Sé que era mediodía. Probablemente fuera jueves. Si, martes o jueves. El teórico de general I era martes y jueves a las 12:30. Yo generalmente iba al de los jueves.
Salía corriendo de la facultad de ingeniería para tomarme un ómnibus que me llevara a la facultad de química. Comía en el viaje. A pesar de llegar en hora, siempre encontraba un lugar para sentarme. Tenía suerte.
Me perdía una clase práctica de matemática en ingeniería. La clase anterior terminaba temprano. Yo aprovechaba ese ratito para conversar un poco más con una amiga. Seguimos sin tener suficiente tiempo para hablar… Después, bajaba corriendo las escaleras y volaba hacia la parada. Me servían dos ómnibus (149 y 522) y el viaje duraba unos 15 minutos. Tenía un horario ajustado.
Ese día salí de la facultad rumbo a la parada. Crucé en el semáforo como es debido y seguí mi camino. La siguiente esquina siempre fue más complicada: demasiado tránsito sin señalización.
Cruzar calles nunca fue mi fuerte. Siempre estoy media hora parada en cada esquina esperando el momento adecuado mientras decenas de encantadores ancianos atraviesan la calle de un lado a otro.
Antes de llegar a la encrucijada, vi a tres niñas de unos doce años. Sonreí. No sería la primera vez que utilizara el método “cuando ella cruce, cruzo yo”. Ellas me miraron y temí que supieran lo que pensaba hacer. Me dio un poco de vergüenza.
Estuvimos unos minutos esperando. Ah… que tranquilidad era saberlas ahí, conocedoras de los secretos para la sobrevivencia del buen peatón… Finalmente cruzamos.
Sin que me diera cuenta, ellas terminaron rodeándome. La más grandecita dijo que si no le daba toda la plata me cortaba con la navaja que lleva dentro de su campera. Nunca me la mostró. Fue extraño ver como dos señoras pasaron a mi lado ignorando la situación en la que me encontraba. Hubiera gritado pero la niña del cuchillo oculto me advirtió que no lo hiciera. No era necesario que me amenazara. Entre el pánico que tenía y el orgullo de que podría resolverlo yo sola, no tenía intención de hacerlo.
Les hablé. Quise entenderlas. Les rogué que no me asaltaran ya que era sólo una estudiante. Ellas me escucharon pero de todas formas se llevaron mi celular. Sigo pensando que la más chiquita era buena.
Se fueron. Me quedé parada en la esquina. No podía creer lo que me había pasado. Yo sólo quería que me cruzaran la calle. Seguí parada. Pasó alguien que conocía de vista. Quería sentarme en el suelo y no volver a levantarme jamás. Quería llorar y morirme ahí, nada más.
Lo primero que pensé fue que iba a llegar tarde a clase. La fuerza de la costumbre junto al sentido de la responsabilidad casi hacen que me tomara el ómnibus para ir. En ese momento no pensaba, actuaba como un autómata.
Me sentía débil, muy débil. Como pude crucé la calle nuevamente (apenas me daba cuenta de lo que hacía) y volví a la facultad de ingeniería. Era más cerca que ir a la de química o volver a mi casa. Me dio fuerzas saber que allí estaba mi amiga, quien al menos se compadecería de mi.
Recuerdo que había un muchacho joven y un señor mayor jugando al ajedrez. Siempre quise aprender: yo sólo conozco los movimientos básicos. Cuando había pasado por primera vez ya estaban ahí. Al volver a verlos me parecieron diferentes, casi irreales. Me encontraba a unos pocos pasos de ellos y ni siquiera me vieron. Miraban un tablero sin notar mi tormento interior.
Al pasar frente al Castillo del Parque Rodó me dolió el alma. Pensé en todo lo malo que me había pasado en los últimos seis meses y casi me rendí. Sabía que si lo pensaba medio segundo más no podría seguir adelante. Como pude me arrastré y conseguí llegar hasta mi destino.
Ella abrió los ojos al verme y salió del salón. Se sentó conmigo en el pasillo y se quedó sin habla cuando le dije “me robaron” con una sonrisa triste en los labios. Es raro, suele hablar tanto… Entró, sacó sus cosas y nos fuimos a sentar en el primer piso. Ahí, en un banco (el “de la mala suerte” porque poco antes en ese mismo asiento le había contado otra desgracia), me permití llorar mientras le relataba mi pérdida. Más tarde volví a llorar, esta vez en brazos de quien me dio la vida. Desde ese entonces, creo que siempre lloro porque me robaron.
El celular no es lo que me importaba. Ese día perdí mucho más que un objeto. Perdí mi confianza, algunas ilusiones, un poco de mi inocencia, y gran parte de mi idealismo. Dejé de creer en la gente buena y en los cuentos de hadas en los que un caballero siempre te rescata. Son mentiras, iguales a la que me dijo esa niña sobre su navaja.
Prefiero engañarlos a todos y dejar que piensen que lamento la pérdida de algo material cuando les cuento que me robaron. Celulares hay por todos lados, igual que gente con el corazón destrozado.
Patricia Santos Alvez.
martes, 18 de noviembre de 2008
I don´t like the drugs but...

Me encontraba bajo el único farol que alumbraba la plaza. Di unos cuantos pasos tratando de calmar la ansiedad que me invadía. Volví a mirar la hora. Cada minuto, cada segundo era eterno.
A lo lejos aulló un perro. Oí pasos. Le rogué a Dios que fuera él.
- ¿Hace mucho que esperás?- me dijo al acercarse.
- No, no. Recién llegué- me apresuré a contestar. Quise aparentar una calma que no poseía. El movimiento impaciente de mis manos me delataba.
- Tomá. Lo que me pediste- me dijo entregándome un paquetito-. Si necesitás más, ya sabés cómo ubicarme.
Le pagué, me guardé el paquetito en la campera y me fui corriendo a casa. Era todo lo que necesitaba. Ahora todo iba a estar bien. Unos cuantos gramos y volvería a ser yo mismo.
- No, no. Recién llegué- contestó apresuradamente Juan con tono despreocupado mientras sus manos se movían nerviosamente.
- Tomá. Lo que me pediste- dijo el otro entregándole un paquetito. Juan miró el papelito con desesperación. Al otro le avergonzaba esa mirada delatora-. Si necesitás más, ya sabés cómo ubicarme.
jueves, 23 de octubre de 2008
Tres situaciones
Matías recibió la bofetada de su padre sin decir palabra. Su mejilla estaba roja y palpitaba. La cara le dolía. Apretó sus dientes con fuerza para reprimir el impulso que tenía en ese momento: emitir un quejido y colocar su mano sobre la zona afectada. No demostraría debilidad ante ese ser despreciable. Se mantuvo erguido, controlando cada uno de sus gestos corporales. Forzó a sus manos a estarse flácidas a los lados y no contraerse en un puño cerrado. Sus grandes ojos azules permanecían clavados en el piso, en un intento por demostrar vergüenza y disimular la hoguera que ardía en su interior.
El señor Rodríguez cerró la puerta de la habitación con la sensación del deber cumplido, dejándolo solo para reflexionar sobre lo sucedido. Apenas se fue, dos lágrimas de impotencia cayeron sobre el piso. Matías era incapaz de defenderse. Lo único que lo confortaba era saber que algún día sería su hora. Ese pensamiento le permitía dormir cada noche con una sonrisa, planeando su venganza.
MIEDO
Se le había hecho tarde, así que decidió cortar camino. Dobló hacia la derecha, por una calle que no conocía. Se sentía insegura entre esas casas extrañas. Vio a un hombre que se acercaba en dirección opuesta. Magela pensó en cruzar de acera. De todas formas le pareció algo estúpido. Él podría hacer lo mismo sin mayores inconvenientes. Apretó la cartera como si fuese un escudo protector y apuró el paso. Sus tacos resonaban contra la vereda. Sentía la ropa pegada al cuerpo. Transpiraba. Seguramente el tipo intentara robarle.
Él hombre olía a vino barato, a sudor y a mugre. Se encontraron. Magela esperaba escuchar la conocida frase “dame la plata”. Él la agarró del pelo y le tapó la boca. Magela trató con todas sus fuerzas de zafarse arañando, pateando y mordiendo. Su cartera cayó al piso. En ese momento ella quería soltarse, correr lejos de allí y gritar pidiendo ayuda.
Las estrellas observaban en silencio. El hombre se arrimó a una pared y empezó a tocarla con una mano mientras le apretaba el cuello con la otra. Magela prefería morirse antes de seguir con eso. Temblaba. Un escalofrío le recorrió la espalda. Todo su cuerpo rechazaba esa intromisión. Las lágrimas le cubrían el rostro. Cerró los ojos gritando sin emitir sonido. Sabía adonde iba a terminar todo eso. Le rogó a Dios. Sólo deseaba que el hombre tuviese la decencia de matarla.
AMOR
Los domingos era el día que Rubén le dedicaba al auto. Se levantaba temprano, y salía al patio a lavarlo. No importaba si hacía frío o calor, siempre hacía la misma rutina. Lo lavaba lentamente y con mucho cuidado, como si fuese un bebé. Luego, cuando estaba seco, le pasaba cera y lo enceraba concienzudamente. Sus manos acariciaban la carrocería hasta hacerla brillar. También se ocupaba del interior. Lo aspiraba hasta que no quedaba una mota de polvo. Lo perfumaba y le hablaba, ya que aunque fuese tan sólo un auto, le tenía mucho cariño.
Rubén se preocupaba cuando le sentía algún ruidito extraño a su pequeño Chevete. Siempre temía lo peor. Sufría cada vez que debía concurrir al mecánico. Había recorrido varios talleres antes de encontrar al adecuado. Uno en el que no lo dejaban durmiendo a la intemperie. Un lugar en donde lo trataban con la atención que se merecía. Un taller en donde cada auto era especial y era atendido como tal. Como su Chevete, su preciado tesoro, su única familia.