Dos pesos.
Sebastián notó la ausencia de alguien en el grupo. Fue una sensación extraña, una especie de presentimiento. En ese momento sintió un vacío al no verla y necesitó con urgencia asegurarse de que se encontraba bien.
Se alejó de sus compañeros y fue a buscarla. La encontró junto a la fuente, absorta mirando los peces. Caminó lentamente, intentando no quebrar ese instante mágico. Sólo se oía la suave brisa moviendo las hojas de unos arbustos cercanos y el fuerte palpitar de su corazón enamorado.
Mariana parecía una pequeña ninfa deseosa de volver a sus dominios. Su largo cabello negro caía desordenadamente sobre sus hombros cubriéndole parte de la espalda. Tenía un pie cerca del agua, como si estuviese a punto de quitarse la sandalia y ponerse a jugar como una niña. Derrochaba ternura por donde se la mirara.
-Hola- dijo Mariana sin darse vuelta con una voz apenas audible, rompiendo la calma que los rodeaba. Sebastián se hubiese quedado quieto como un árbol toda la vida tan sólo para poder contemplarla.
- Hola – respondió, sin saber si su presencia la incomodaba y debía irse. Se sentía un intruso al romper la conexión que ella tenía con su universo.
-Son hermosos, ¿verdad? Ahí, tan tranquilos, sin que nada les importe. Sin que nada los afecte. – Sebastián sabía a que se refería y prefirió no decir nada. Ella trató en vano de disimular y secarse una lágrima que se resbalaba rápidamente por su mejilla izquierda. Se notaba que había estado llorando. Aún tenía los ojos brillosos.
- Si. Son lindos.- Sebastián respiró profundo. Tenía la mirada clavada en el agua. No sabía qué hacer o qué decir. Siempre se sentía impotente en ese tipo de situaciones, incapaz de borrar tristezas o de ofrecer consuelo. Deseaba ayudarla, pero no sabía como.
Tras permanecer unos minutos en silencio, sin querer irse pero sabiendo que su papel en la obra había terminado, tuvo una idea. Revolvió con urgencia sus bolsillos y sacó algo diminuto.
- Tomá. Pedí un deseo.
Por primera vez en varios días, sonrió. No fue una sonrisa como las de antes. Esas parecían no haber existido jamás. Sin embargo, por un momento los malos recuerdos le habían dado un respiro y no sintió penas sobre su corazón afligido.
- Gracias- dijo Mariana tomando la moneda y mirándola como si el pequeño trozo de metal le estuviese diciendo algo. Sus ojos volvieron a brillar más intensamente que antes. Reprimió el impulso de volver a llorar. Él no entendería el motivo de sus lágrimas y se entristecería. Son cosas que los hombres muchas veces no comprenden.
La moneda voló en el aire y cayó limpiamente dentro del agua. Una mariposa se posó en una flor cercana y los observó alejarse tomados de la mano.
Patricia Santos Alvez.

















