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viernes, 2 de abril de 2010

"París" por Patricia Santos Alvez

París.
“Only this, and nothing more”.
“The Raven”, Edgar Allan Poe.


La mujer de la entrada se encontraba apoyada sobre el mostrador hojeando una revista de chismes. Parecía no interesarse en sus pícaros huéspedes. Todos venían a lo mismo. Ella y su horrendo vestido floreado les daban la bienvenida a los visitantes. El maquillaje barato, los zapatos descoloridos y los modales groseros no eran más que el preámbulo ideal para ese mundo de fantasía.

Federico se preguntó si recordaría los rostros de sus clientes. Seguramente no. A lo sumo conservaría algún vago recuerdo. Estaría “el viejo verde con la pendeja”, “la parejita de noviecitos enamorados” y “el casado con guita que podría pagarle un lugar mejor a la amante que tiene y no traerla siempre a este sucucho”. “Sucucho”. Esa si que era una buena palabra.

Subió las escaleras contando los escalones. Era una costumbre que no había podido abandonar desde niño. Doce. El número no había cambiado. Contarlos era algo inevitable. Carolina ignoraba casi todas sus estúpidas costumbres. Jamás las entendería.

Ambos entraron en el cuarto sin hacer el mínimo reconocimiento. Federico pedía siempre la misma habitación: la siete del primer piso. La que tenía paredes color terracota y una decoración austera. ¿De qué les servían los adornos a aquellos que no los apreciaban?

Reflexionó acerca de ese tonto fetiche numérico. Solamente servía para conservar una tradición no asumida. Otra costumbre para añadir a la lista de las rutinas sin sentido. “Cuando se veía con Carolina Ocampo lo hacían siempre en la habitación número siete del hotel París en la calle Colonia”. Era una frase digna de pertenecer a su biografía, si algún día alguien llegara a escribirla.

Carolina entró y encendió las luces. Se detuvo en medio de la habitación. Le dio la espalda y se quitó la chaqueta, dejándola sobre el sillón color chocolate. Volteó y lo invitó a acercase con el dedo índice. Sonreía.

- ¿Desea que lo ayude a ponerse cómodo? – El chiste estaba gastado. En los labios de Carolina cobraba vida gracias a sus encantos.
- Nada me gustaría más en este momento – respondió Federico. Ella comenzó a quitarle la ropa. “A lo que vinimos, guachita”, le hubiese gustado decirle. Sería mejor que sus gestos expresaran lo que en palabras sería inadecuado.



Sus manos empezaron a recorrer ese cuerpo que ya le pertenecía, acariciándolo lentamente. Podía sentir sus senos debajo de la blanca camisa de seda. Carolina correspondía a los besos en el cuello con los ojos cerrados, emitiendo suaves gruñidos de placer. Su respiración se tornaba más rápida con cada una de sus caricias. La excitación de ambos iba in crescendo. El ventilador no alcanzaba a mitigar el calor que estaban sintiendo. El fuego los quemaba por dentro, liberándolos de la responsabilidad de sus acciones. El ruido de las aspas no cesaba. Los suaves ronroneos dejaron paso a los jadeos que llenaron la habitación.



Federico la miró mientras ella reposaba con los ojos cerrados. Parecía más frágil de esa forma; como si hubiese dejado de lado todas las armaduras que usaba durante el día. Le gustaba verla así: desarmada y con la guardia baja.

- Es tarde - dijo Carolina rompiendo el silencio. Tarde, temprano… ¿Y qué? La inmortalidad consistía en vivir la vida como si nada cambiara. En existir sin pensar en el mañana.
- No es tarde. Estamos juntos. – Hundió su nariz en su piel y aspiró su olor a mujer, abrazándola fuertemente contra su cuerpo. La besó tiernamente en el hombro y se aseguró que aún estaba a su lado. Era suya.
-Te quiero, putita mía.- Carolina giró y lo besó apasionadamente en los labios. Le encantaba que la llamara de esa forma. Formaba parte de una broma tan vieja que ese parecía haber sido su nombre secreto desde siempre.
-Yo también te quiero.- “Te amo” era una frase demasiado trillada para arruinar el momento. Se apreciaban demasiado para mentirse con tal descaro.

Carolina se durmió en sus brazos como una niña. Federico hizo otro tanto momentos después. La luna menguante que observaba a través de la ventana fue su único testigo. En unas horas regresarían a sus hogares; a sus trabajos y familias. Su relación era especial: sin compromisos, sin traiciones, sin sentimientos. Solamente el más puro y bello sexo.

“Never opened myself this way
Life is ours, we live it our way
All these words I don't just say
And nothing else matters”

Metallica – “Nothing else matters”

Patricia Santos Alvez.

6 comentarios:

NUMAN dijo...

Muy bueno el cuentito...
Algún parecido con la realidad??
Como me gustan los relatos eróticos escritos por mujeres!!
Sale una versión extendida y sin censura de este???Me apunto!

Patty dijo...

Muchas gracias, NUMAN. Lo que forma parte de la realidad (lo que usé para inspirarme) lo guardo en secreto... Hay una palabra en el cuento dedicada a la persona que fue mi "muso".

Iba a ser más explícito pero terminé censurándolo. "pepitos" leyó el primer borrador y borré esa parte.

Tal vez escriba otro...

¡Besos y muchas gracias por leerme!

pepitos dijo...

Ya que se hace mencion de mi persona aqui no me queda otra que comentar jeje (?).
Esta bueno el cuento pat. Ya te lo he dicho, esta es mejor que la vercion sin censura que me habia parecido algo bulgar.

un saludo pat ^^

Patty dijo...

Vos tuviste leíste el primer borrador del cuento y me recomendaste que cambiara la parte más explícita. Te agradezco eso. Creo que era medio vulgar si... Esa parte ya no existe, más que en tu casilla de correo, je je ;)

Besos.

kbmaster dijo...

Me gusto mucho el cuento ...sobre todo porque me trajo algunos recuerdos..jajaja...

gracias

Only this, and nothing more

Patty dijo...

kbmaster: muchas gracias por leer mi cuento. Me alegra muchísimo que te haya gustado. Si te trae algún recuerdo bueno, mejor ;)

Gracias a vos por visitar "La Guadaña".

Besos.