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sábado, 20 de diciembre de 2008

J. Herrera y Reissig esquina Gonzalo Ramirez.




Sé que era mediodía. Probablemente fuera jueves. Si, martes o jueves. El teórico de general I era martes y jueves a las 12:30. Yo generalmente iba al de los jueves.

Salía corriendo de la facultad de ingeniería para tomarme un ómnibus que me llevara a la facultad de química. Comía en el viaje. A pesar de llegar en hora, siempre encontraba un lugar para sentarme. Tenía suerte.

Me perdía una clase práctica de matemática en ingeniería. La clase anterior terminaba temprano. Yo aprovechaba ese ratito para conversar un poco más con una amiga. Seguimos sin tener suficiente tiempo para hablar… Después, bajaba corriendo las escaleras y volaba hacia la parada. Me servían dos ómnibus (149 y 522) y el viaje duraba unos 15 minutos. Tenía un horario ajustado.

Ese día salí de la facultad rumbo a la parada. Crucé en el semáforo como es debido y seguí mi camino. La siguiente esquina siempre fue más complicada: demasiado tránsito sin señalización.

Cruzar calles nunca fue mi fuerte. Siempre estoy media hora parada en cada esquina esperando el momento adecuado mientras decenas de encantadores ancianos atraviesan la calle de un lado a otro.

Antes de llegar a la encrucijada, vi a tres niñas de unos doce años. Sonreí. No sería la primera vez que utilizara el método “cuando ella cruce, cruzo yo”. Ellas me miraron y temí que supieran lo que pensaba hacer. Me dio un poco de vergüenza.

Estuvimos unos minutos esperando. Ah… que tranquilidad era saberlas ahí, conocedoras de los secretos para la sobrevivencia del buen peatón… Finalmente cruzamos.

Sin que me diera cuenta, ellas terminaron rodeándome. La más grandecita dijo que si no le daba toda la plata me cortaba con la navaja que lleva dentro de su campera. Nunca me la mostró. Fue extraño ver como dos señoras pasaron a mi lado ignorando la situación en la que me encontraba. Hubiera gritado pero la niña del cuchillo oculto me advirtió que no lo hiciera. No era necesario que me amenazara. Entre el pánico que tenía y el orgullo de que podría resolverlo yo sola, no tenía intención de hacerlo.

Les hablé. Quise entenderlas. Les rogué que no me asaltaran ya que era sólo una estudiante. Ellas me escucharon pero de todas formas se llevaron mi celular. Sigo pensando que la más chiquita era buena.

Se fueron. Me quedé parada en la esquina. No podía creer lo que me había pasado. Yo sólo quería que me cruzaran la calle. Seguí parada. Pasó alguien que conocía de vista. Quería sentarme en el suelo y no volver a levantarme jamás. Quería llorar y morirme ahí, nada más.
Lo primero que pensé fue que iba a llegar tarde a clase. La fuerza de la costumbre junto al sentido de la responsabilidad casi hacen que me tomara el ómnibus para ir. En ese momento no pensaba, actuaba como un autómata.

Me sentía débil, muy débil. Como pude crucé la calle nuevamente (apenas me daba cuenta de lo que hacía) y volví a la facultad de ingeniería. Era más cerca que ir a la de química o volver a mi casa. Me dio fuerzas saber que allí estaba mi amiga, quien al menos se compadecería de mi.

Recuerdo que había un muchacho joven y un señor mayor jugando al ajedrez. Siempre quise aprender: yo sólo conozco los movimientos básicos. Cuando había pasado por primera vez ya estaban ahí. Al volver a verlos me parecieron diferentes, casi irreales. Me encontraba a unos pocos pasos de ellos y ni siquiera me vieron. Miraban un tablero sin notar mi tormento interior.

Al pasar frente al Castillo del Parque Rodó me dolió el alma. Pensé en todo lo malo que me había pasado en los últimos seis meses y casi me rendí. Sabía que si lo pensaba medio segundo más no podría seguir adelante. Como pude me arrastré y conseguí llegar hasta mi destino.

Ella abrió los ojos al verme y salió del salón. Se sentó conmigo en el pasillo y se quedó sin habla cuando le dije “me robaron” con una sonrisa triste en los labios. Es raro, suele hablar tanto… Entró, sacó sus cosas y nos fuimos a sentar en el primer piso. Ahí, en un banco (el “de la mala suerte” porque poco antes en ese mismo asiento le había contado otra desgracia), me permití llorar mientras le relataba mi pérdida. Más tarde volví a llorar, esta vez en brazos de quien me dio la vida. Desde ese entonces, creo que siempre lloro porque me robaron.

El celular no es lo que me importaba. Ese día perdí mucho más que un objeto. Perdí mi confianza, algunas ilusiones, un poco de mi inocencia, y gran parte de mi idealismo. Dejé de creer en la gente buena y en los cuentos de hadas en los que un caballero siempre te rescata. Son mentiras, iguales a la que me dijo esa niña sobre su navaja.

Prefiero engañarlos a todos y dejar que piensen que lamento la pérdida de algo material cuando les cuento que me robaron. Celulares hay por todos lados, igual que gente con el corazón destrozado.

Patricia Santos Alvez.





6 comentarios:

MUERTEVIDEANOS dijo...

No duele el robo, duele la invasión de uno, el atropeyo de que te usurpen cualquier cosa solo porque se les antoja, la necesidad no es buena excusa sino esto sería una verdadera catástrofe, educación para tener ciudadanos considerados no es posible en un mundo de estancos iindividuales, seres frustrados que toman lo que no necesitan y roban lo que no valoran en los demás.
Lo siento, te comprendo pero todo se arregla tarde o temprano.

Marcelo dijo...

Y yo que anduve por Montevideo, te aseguro que es una ciudad mucho mejor que Buenos Aires...Aquí no cruzarías jamás, pero jamás la calle porque los autos nunca se detienen. Nunca. En cambio allí lo vi mucho, aún no salgo de mi asombro por eso, y hace como siete años que no vuelvo. Y las tres chicas de doce aquí serían tres chicos de quince, con un cuchillo a la vista y consecuencias mucho mayores. Eso sí, la ilusión, la esperanza ya la perdiste. Ahora queda ver qué se hace con la información adquirida. Una opción es que te gane la desesperanza y la desconfianza for ever, como vemos en muchas personas (la mayoría)
La otra, bien difícil, es apostar a la confianza, si querés, hasta a cierta forma ingenua de ver la vida: las personas son buenas!
Yo trato de hacer esto, aunque si voy por una calle oscura tomo las precauciones del caso. Pero hay que seguir!
(parezco un pastor evangelista, pero es lo que me nació tu post...)
Un beso

(con ´ en la i) dijo...

No sabia que escribias, llegue a tu blog gracias a tu cumplaños y mi necesidad de revisar y hurgar luego de ya ingresado a un perfil.
No puedo dejar de comentar lo secedido, se vuelve cada vez mas dificil no ser prejuicioso y cruzar la calle por el simple aspecto de una persona, muchas veces me pasa que yo estoy del otro lado y las personas cuzan, me río, me enojo, pero no los culpo.
No es consuelo, pero creo a casi todos nos han robado y creo cuando menos los esperamos.
Casi me olvidaba, escribís muy bien y de pasada también te dejo un beso de cumpleaños por acá.
Mi ientidad la dejo oculta, aunque puede que la descubras facilmente

oriol dijo...

Bonito texto. Pese lo que te pasó tienes la suerte de vivir en una ciudad hermosa. Yo siempre estoy pensando en comprar piso en Montevideo, cuando sea mayor lo haré.Diría que es en la ciudad en la que he sido más feliz pero sólo estuve 6 meses. Un saludo.

Pablo Javier Borges dijo...

Hola Patty, me gustó tu cuento, solo me quedé preguntando en realidad que era lo que sentías que te habían robado ¿el celu? jaja!! Un beso, voy a seguir viniendo por estas páginas, Pablo

PD: a los que escriben en inglés pediles por favor que lo hagan en español, porque si leen también saben escribir jaja!!

Patty dijo...

Pablo: ¡muchas gracias! Entiendo español e inglés. Mientras no escriban en portugués o otro idioma, no hay problemas.