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jueves, 23 de octubre de 2008

Tres situaciones

IRA

Matías recibió la bofetada de su padre sin decir palabra. Su mejilla estaba roja y palpitaba. La cara le dolía. Apretó sus dientes con fuerza para reprimir el impulso que tenía en ese momento: emitir un quejido y colocar su mano sobre la zona afectada. No demostraría debilidad ante ese ser despreciable. Se mantuvo erguido, controlando cada uno de sus gestos corporales. Forzó a sus manos a estarse flácidas a los lados y no contraerse en un puño cerrado. Sus grandes ojos azules permanecían clavados en el piso, en un intento por demostrar vergüenza y disimular la hoguera que ardía en su interior.

El señor Rodríguez cerró la puerta de la habitación con la sensación del deber cumplido, dejándolo solo para reflexionar sobre lo sucedido. Apenas se fue, dos lágrimas de impotencia cayeron sobre el piso. Matías era incapaz de defenderse. Lo único que lo confortaba era saber que algún día sería su hora. Ese pensamiento le permitía dormir cada noche con una sonrisa, planeando su venganza.

MIEDO

Se le había hecho tarde, así que decidió cortar camino. Dobló hacia la derecha, por una calle que no conocía. Se sentía insegura entre esas casas extrañas. Vio a un hombre que se acercaba en dirección opuesta. Magela pensó en cruzar de acera. De todas formas le pareció algo estúpido. Él podría hacer lo mismo sin mayores inconvenientes. Apretó la cartera como si fuese un escudo protector y apuró el paso. Sus tacos resonaban contra la vereda. Sentía la ropa pegada al cuerpo. Transpiraba. Seguramente el tipo intentara robarle.

Él hombre olía a vino barato, a sudor y a mugre. Se encontraron. Magela esperaba escuchar la conocida frase “dame la plata”. Él la agarró del pelo y le tapó la boca. Magela trató con todas sus fuerzas de zafarse arañando, pateando y mordiendo. Su cartera cayó al piso. En ese momento ella quería soltarse, correr lejos de allí y gritar pidiendo ayuda.

Las estrellas observaban en silencio. El hombre se arrimó a una pared y empezó a tocarla con una mano mientras le apretaba el cuello con la otra. Magela prefería morirse antes de seguir con eso. Temblaba. Un escalofrío le recorrió la espalda. Todo su cuerpo rechazaba esa intromisión. Las lágrimas le cubrían el rostro. Cerró los ojos gritando sin emitir sonido. Sabía adonde iba a terminar todo eso. Le rogó a Dios. Sólo deseaba que el hombre tuviese la decencia de matarla.


AMOR

Los domingos era el día que Rubén le dedicaba al auto. Se levantaba temprano, y salía al patio a lavarlo. No importaba si hacía frío o calor, siempre hacía la misma rutina. Lo lavaba lentamente y con mucho cuidado, como si fuese un bebé. Luego, cuando estaba seco, le pasaba cera y lo enceraba concienzudamente. Sus manos acariciaban la carrocería hasta hacerla brillar. También se ocupaba del interior. Lo aspiraba hasta que no quedaba una mota de polvo. Lo perfumaba y le hablaba, ya que aunque fuese tan sólo un auto, le tenía mucho cariño.

Rubén se preocupaba cuando le sentía algún ruidito extraño a su pequeño Chevete. Siempre temía lo peor. Sufría cada vez que debía concurrir al mecánico. Había recorrido varios talleres antes de encontrar al adecuado. Uno en el que no lo dejaban durmiendo a la intemperie. Un lugar en donde lo trataban con la atención que se merecía. Un taller en donde cada auto era especial y era atendido como tal. Como su Chevete, su preciado tesoro, su única familia.

2 comentarios:

Marcelo dijo...

Qué pasaría si le cambias los títulos en forma aleatoria? Hay algo de ira, amor y en cada uno de ellos...

Patty dijo...

Yo escribí primero el título y luego cree la historia. Es imposible que un objeto o hecho nos produzca un sólo sentimiento. Por lo general, se superponen sensaciones.