Keko.
Las calles céntricas estaban desiertas. Sebastián podía escuchar el latido de su corazón a medida que avanzaba. Un cuida coches, acompañado de un perro sarnoso y un palo pintado de rojo, esperaba que algún chofer regresara y le diese una moneda para comprar más vino y poder enfrentar mejor el frío de la noche.
El viento comenzó a soplar.
-Llegamos – dijo Agustín de pronto. Un par de casas más adelante se veía la clásica luz roja. Era un faro en medio de la nada, indicando el camino correcto.
El tipo de la puerta sonrió al verlos y los dejó pasar como si nada. Sebastián sabía que se estaba riendo a sus espaldas.
El prostíbulo estaba semivacío. Dos hombres bastante alcoholizados estaban en la barra conversando con una puta que los escuchaba sin interés. Agustín eligió una de las mesas del fondo y se sentaron. Un viejo le pellizcó la cola a una pelirroja que acababa de atenderlo. Le hizo una guiñada complice a Sebastián en busca de camaradería. “Podría ser tu nieta” pensó asqueado mientras se quitaba la campera y la colgaba en la silla.
Varias prostitutas estaban sentadas con cara de nada. Una de ellas miraba continuamente el celular en espera de algún mensaje revelador. Cada tanto se veía a alguna subir o bajar con un cliente. Ese era todo el movimiento del lugar.
-¿Es la primera vez que vienen?- les preguntó una de las mujeres al acercarse. El escote que usaba era demasiado profundo para su edad.
-Si- respondió rápidamente Agustín. La inocencia se les leía en la frente.- Es mi regalo de cumpleaños- mintió mientras hacía una seña con la cabeza en dirección de su amigo. La puta no pareció interesarse en sus tontas excusas. Todos mentían siempre.
La madama llamó a sus chicas. Al ser nombradas hacían un pequeño desfile para exhibirse. Agustín eligió a una muy parecida a su ex novia. Sebastián se quedó con Karina. Ella lo guió a su habitación.
La decoración era austera. Los clientes no iban a apreciar los detalles. Sobre la cama la imagen de un fénix dominaba el cuarto. Sebastián se distrajo viéndolo y no escuchó parte de de las indicaciones que le eran dadas. Algo sobre poses limitadas y costos extra. Asintió con la cabeza como si escuchara.
-Lo básico está bien- dijo antes de prolongar la charla y le pagó lo convenido. Después de contarlo, Karina guardó la plata dentro de un cajón.
Los espejos en el techo y las paredes le permitían verla de todos los ángulos a medida que se quitaba la poca ropa que llevaba puesta. ¿Cuántos clientes tendría esa noche? ¿Tres? ¿Diez? No importaba. Él era uno de tantos que visitarían esas sábanas raídas. Esos pensamientos querían acaparar toda su atención. Karina tenía oficio y actuaba el rol de ambos. Karina sabía lo que hacía. Karina. Sólo existió ella…
Al terminar, y después de preguntarle si deseaba algo más, desapareció detrás de un biombo. Sebastián podía imaginársela higienizándose. Salió antes de sentirse sucio.
El viejo que le había guiñado un ojo no le sacaba la mirada de encima. Podía sentirlo. Giró la cabeza para verlo de frente. El tipo levantó su copa a modo de saludo. Eso no hacía más que empeorar todo.
-¿Cómo estuvo? – le dijo Agustín y le palmeó la espalda. Tenía una sonrisa enorme dibujada en el rostro. Sus ojos brillaban de forma especial y estaba bastante sonrojado. Sebastián se apresuró a ponerse la campera, dándole a entender que debían irse.
-Fa, ¡no sabés cómo encaraba la loca!- exclamó Agustín apenas estuvieron en la calle. Tenía ganas de contarlo todo con lujo de detalles y compartir experiencias. Siempre había tenido ganas de conocer un putero.
- No te hacés una idea de lo que fue eso… - continuó, como si aún no pudiese creer lo que había pasado. -¡Pero contame vos! ¿Te gustó tu regalo de cumpleaños?- Le dijo riendo y lo golpeó en el brazo para obligarlo a contestar.
Sebastián caminaba mirando el piso. El golpe lo volvió a la realidad por un momento. Empezó a hablar como si lo necesitara. Hablaba consigo mismo.
-No sé – comenzó y se quedó callado. Los pasos de ambos hacían eco sobre las baldosas.- No le encuentro pasión a esto –dijo, y se quedó en silencio. Se metió la mano en el bolsillo y encendió un cigarro.
–Fue como diría el tipo de la naranja mecánica: “un mete-saca”- dio una pitada rápida y siguió.-Es como esa imagen del trabajador, ¿viste? Donde el tipo está en la fábrica poniéndole las tapas a los envases con cara de siempre lo mismo.- Agustín entendía perfectamente.-Para la mina es cómo un trámite… -dijo con amargura.- Ella no estaba ahí. ¿Entendés?-hizo una pausa larga. -Es sólo un agujero.- Las últimas palabras salieron de su boca con bronca, como si se sintiese culpable de que ella fuera una puta.
- A vos no te sirve nada- respondió Agustín con un enojo fingido.-Al fin y al cabo, son sólo putas. No podés hacerte problema por todo.
Siguieron caminando y no hablaron más del tema. Ya eran hombres. Debían comportarse como tales.
Patricia Santos Alvez.