Sala diecinueve, cama once.
La mujer de los tacones rojos descendió del taxi. Miró un instante el viejo edificio antes de decidirse a entrar y con paso firme, se dirigió a la puerta principal.
Una vez dentro, parada sobre las baldosas blancas y negras, se sintió pequeña y perdida. Sintió frío, a pesar del cálido noviembre.
- ¿Podría indicarme dónde está la sala diecinueve? – le preguntó a una enfermera que pasó a su lado. Esta la miró sorprendida. Se notaba que la mujer no pertenecía a ese lugar.
- Seguí por este pasillo hasta al final y ahí doblá el corredor a la derecha. – dijo curiosa por saber a quién visitaría. “Acá tu ropa cara no significa nada”, pensó al verla tan arreglada.
- Gracias – respondió la dama, sonriéndole educadamente.
Laura esperaba escuchar algo. No sabía como iba a reaccionar ante los sonidos del lugar. Sin embargo, el silencio era aún más incómodo. Los medicamentos impedían que alguien se quejase y sólo oía el resonar de sus pasos.
A través de los ventanales que daban al jardín se podía ver a alguno de los pacientes en sus horas de recreo. Algunos caminaban, otros simplemente estaban sentados bajo el sol. Los rayos eran insuficientes y el calor no lograba entibiar sus corazones.
Las paredes no habían sido pintadas en un largo tiempo. Los pocos carteles existentes estaban amarillentos o rotos. Las plantas que adornaban el pasillo, marchitas. El lugar sufría de un notorio abandono.
Las salas se encontraban a ambos lados del corredor. Por la numeración, la que buscaba era una de las últimas. “Ojala las puertas estuvieran cerradas”, pensó mientras avanzaba.
En cada una de las habitaciones había veinte camas. Adentro, algunas personas se movían rítmicamente al compás de una música inaudible. Adelante y atrás, adelante y atrás. Otras, permanecían sentadas o acostadas, sin moverse siquiera. Una mujer despeinada la miró sin verla, como si estuviese observando la nada. Sintió como esos ojos la traspasaban, buscando algo que jamás encontrarían.
Un ruido la hizo estremecerse. A su derecha, un hombre delgado con un pijama celeste se golpeaba una y otra vez contra la pared.
- Vení, Fernando. No te hagas eso. – Un enfermero se acercó y lo tomó por los hombros, alejándolo de la puerta sin que el hombre opusiera resistencia.- Sentate acá. Tomá. Jugá con esto – le dijo entregándole una pelota de goma. Fernando empezó a apretarla una y otra vez. En ningún momento levantó la cabeza. Laura sabía que su mirada no estaba allí ni en ninguna otra parte.
Diecisiete.
Al igual que en las otras salas, en la diecinueve la puerta estaba abierta. “¿Lo reconoceré después de tanto tiempo?”, se preguntó antes de entrar.
Tenía el cabello blanco. Estaba más flaco. Sentado en la cama, parecía esperar a alguien. Tal vez la esperaba a ella.
Se acerco sin ver a los demás. Era mejor intentar olvidar donde se encontraba.
- Papá, soy yo.- de pronto su voz tenía veinte años menos. Él no se inmutó.
- No recuerda nada, ni siquiera su nombre. Al principio era agresivo. Ahora ya no hace nada – dijo un enfermero que usaba una pulsera de plata.- ¿Usted es la hija? – preguntó, conociendo la respuesta.
- Si – dijo Laura sin apartar la vista de su padre. No se había movido desde que llegó.
- Está así todos los días. Desde que se levanta hasta que se acuesta. Es muy tranquilo.
Laura intentó recordar la voz de su padre. La última vez que lo había visto tenía seis años.
Tenía tantas preguntas que hacerle. Sin embargo, él no iba a responder. Deseaba abrazarlo. Estaba demasiado débil y no quería desmoronarse frente a un desconocido.
Se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.
- Nos vemos mañana, papá.
- Gracias – le dijo al enfermero con los ojos vidriosos.
- Para eso estamos – respondió incómodo. En todos sus años ahí, jamás había visto a alguien que visitara al tipo de la cama once.
Ella se alejó, sabiendo que no volvería.
Patricia Santos Alvez.





