miércoles, 24 de diciembre de 2008

We wish you a Merry Christmas






Me gusta esa cancioncita. "We wish you a merry christmas,/ we wish you a merry christmas,/ we wish you a merry christmas,/ and a happy New Year". Supongo que es por la influencia yankee. No me importa.


Conozco otra mejor. Es del gran Alberto Castillo. Antes que yo naciera, mi abuela solía castigarlos a todos poniendo 50 veces el tema "Año nuevo, vida nueva". Era un disco de vinilo, así que cuando terminaba, había que ponerlo otra vez. Cuando crecí y me enteré de la anécdota, quise poner el disco. A mi abuela le seguía gustando, je je.


Nunca me gustaron demasiado las fiestas. El Año Nuevo si, porque yo siempre creo que va a venir algo bueno. A veces me equivoco, pero de todas formas conservo la ilusión.


Este año no quise escribirle una cartita al gordo. Si quiere traerme algo, está bien. Si no, igual estoy contenta. Fue un buen año, no puedo pedir más.


¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

sábado, 20 de diciembre de 2008

J. Herrera y Reissig esquina Gonzalo Ramirez.




Sé que era mediodía. Probablemente fuera jueves. Si, martes o jueves. El teórico de general I era martes y jueves a las 12:30. Yo generalmente iba al de los jueves.

Salía corriendo de la facultad de ingeniería para tomarme un ómnibus que me llevara a la facultad de química. Comía en el viaje. A pesar de llegar en hora, siempre encontraba un lugar para sentarme. Tenía suerte.

Me perdía una clase práctica de matemática en ingeniería. La clase anterior terminaba temprano. Yo aprovechaba ese ratito para conversar un poco más con una amiga. Seguimos sin tener suficiente tiempo para hablar… Después, bajaba corriendo las escaleras y volaba hacia la parada. Me servían dos ómnibus (149 y 522) y el viaje duraba unos 15 minutos. Tenía un horario ajustado.

Ese día salí de la facultad rumbo a la parada. Crucé en el semáforo como es debido y seguí mi camino. La siguiente esquina siempre fue más complicada: demasiado tránsito sin señalización.

Cruzar calles nunca fue mi fuerte. Siempre estoy media hora parada en cada esquina esperando el momento adecuado mientras decenas de encantadores ancianos atraviesan la calle de un lado a otro.

Antes de llegar a la encrucijada, vi a tres niñas de unos doce años. Sonreí. No sería la primera vez que utilizara el método “cuando ella cruce, cruzo yo”. Ellas me miraron y temí que supieran lo que pensaba hacer. Me dio un poco de vergüenza.

Estuvimos unos minutos esperando. Ah… que tranquilidad era saberlas ahí, conocedoras de los secretos para la sobrevivencia del buen peatón… Finalmente cruzamos.

Sin que me diera cuenta, ellas terminaron rodeándome. La más grandecita dijo que si no le daba toda la plata me cortaba con la navaja que lleva dentro de su campera. Nunca me la mostró. Fue extraño ver como dos señoras pasaron a mi lado ignorando la situación en la que me encontraba. Hubiera gritado pero la niña del cuchillo oculto me advirtió que no lo hiciera. No era necesario que me amenazara. Entre el pánico que tenía y el orgullo de que podría resolverlo yo sola, no tenía intención de hacerlo.

Les hablé. Quise entenderlas. Les rogué que no me asaltaran ya que era sólo una estudiante. Ellas me escucharon pero de todas formas se llevaron mi celular. Sigo pensando que la más chiquita era buena.

Se fueron. Me quedé parada en la esquina. No podía creer lo que me había pasado. Yo sólo quería que me cruzaran la calle. Seguí parada. Pasó alguien que conocía de vista. Quería sentarme en el suelo y no volver a levantarme jamás. Quería llorar y morirme ahí, nada más.
Lo primero que pensé fue que iba a llegar tarde a clase. La fuerza de la costumbre junto al sentido de la responsabilidad casi hacen que me tomara el ómnibus para ir. En ese momento no pensaba, actuaba como un autómata.

Me sentía débil, muy débil. Como pude crucé la calle nuevamente (apenas me daba cuenta de lo que hacía) y volví a la facultad de ingeniería. Era más cerca que ir a la de química o volver a mi casa. Me dio fuerzas saber que allí estaba mi amiga, quien al menos se compadecería de mi.

Recuerdo que había un muchacho joven y un señor mayor jugando al ajedrez. Siempre quise aprender: yo sólo conozco los movimientos básicos. Cuando había pasado por primera vez ya estaban ahí. Al volver a verlos me parecieron diferentes, casi irreales. Me encontraba a unos pocos pasos de ellos y ni siquiera me vieron. Miraban un tablero sin notar mi tormento interior.

Al pasar frente al Castillo del Parque Rodó me dolió el alma. Pensé en todo lo malo que me había pasado en los últimos seis meses y casi me rendí. Sabía que si lo pensaba medio segundo más no podría seguir adelante. Como pude me arrastré y conseguí llegar hasta mi destino.

Ella abrió los ojos al verme y salió del salón. Se sentó conmigo en el pasillo y se quedó sin habla cuando le dije “me robaron” con una sonrisa triste en los labios. Es raro, suele hablar tanto… Entró, sacó sus cosas y nos fuimos a sentar en el primer piso. Ahí, en un banco (el “de la mala suerte” porque poco antes en ese mismo asiento le había contado otra desgracia), me permití llorar mientras le relataba mi pérdida. Más tarde volví a llorar, esta vez en brazos de quien me dio la vida. Desde ese entonces, creo que siempre lloro porque me robaron.

El celular no es lo que me importaba. Ese día perdí mucho más que un objeto. Perdí mi confianza, algunas ilusiones, un poco de mi inocencia, y gran parte de mi idealismo. Dejé de creer en la gente buena y en los cuentos de hadas en los que un caballero siempre te rescata. Son mentiras, iguales a la que me dijo esa niña sobre su navaja.

Prefiero engañarlos a todos y dejar que piensen que lamento la pérdida de algo material cuando les cuento que me robaron. Celulares hay por todos lados, igual que gente con el corazón destrozado.

Patricia Santos Alvez.





sábado, 13 de diciembre de 2008

Citas citables


Me gustaba leer la revista "Selecciones". Las más viejas son las mejores. Hasta son un poco machistas y tienen "futuros adelantos tecnológicos" que dan risa. De esos hermosos ejemplares del "Reader´s Digest", solía sacar las frases que venían al pie de página o en la sección de "Citas citables. Luego, también transcribía las de otras revistas, como "Muy Interesante" o la de alguna página web. Por último, empecé a recabar mis propias frases de libros o películas que me gustaban.


Antes que alguien más lo haga, lo digo yo. Si: tenía mucho tiempo libre, no tenía nada mejor que hacer, me gustaba demasiado escribir y necesitaba hacerlo, soy una persona con hobbies extraños... Como sea. Acá va una serie de las frases.


  • "No podemos ocultarnos eternamente quienes somo en realidad." John McCain.

  • "Algunos ven el vaso medio vacío; otros, medio lleno. Yo lo veo demasiado grande." George Carlin.

  • "El tonto llega a arrepentirse de sus palabras; el sabio, de su silencio." W.H.

  • "En este mundo, en resumidas cuentas, cada quien consigue lo que merece. Sólo quienes tienen éxito lo reconocen." Georges Simeon.

  • "Cuando apuntas a la perfección, descubres que es un blanco móvil." George Fisher.

  • "La pereza va tan despacio que la pobreza pronto la alcanza" Benjamin Franklin (mi mamá siempre me la decía sin nombrar al viejo Ben.

  • "La mayoría pedimos consejo cuando sabemos la respuesta, pero queremos que nos den otra." Ivern Ball.

  • "El que a nada apunta, a nada le da." (esto también me lo dijeron en mi primer trabajo)

  • "Quizá la mayor equivocación acerca de la soledad es que cada cual va por el mundo creyendo ser el único que la padece." Jeanne Marie Laskas.

  • "Un suspiro es un resuello que nos sobra por alguien que nos falta." (si lo sabré yo...)

  • "Hay una sola regla para ser buen conversador: aprender a oír." Christopher Morley.

  • "De los pocos placeres inocentes que quedan a los hombres de edad madura, quizá el más vivo sea el de hacer entrar a un necio en razón." T. H. Huxley.

  • "Para alcanzar lo maravilloso hay que pensar precisamente lo impensable." Tom Tobbins.

  • "Las tentaciones, a diferencia de la oportunidades, siempre llaman dos veces." O. A. Battista.

  • "Todo fracaso es el condimento que da sabor al éxito." Truman Capote.

  • "El afortunado hallazgo de un sólo libro puede cambiar el destino de un hombre." Marcel Prévost.

  • "Ten el valor de la astucia que frena la cólera y espera el momento propio para desencadenarla." Gengis Kan.

  • "Siempre sirven las sombras para distinguir la luz." José Hernández en "Martín Fierro".

  • "El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas." William Arthur Ward.

  • "Yo creía no tener más ilusiones, pero debí de guardarme algunas, porque sigo perdiéndolas." Paul saint-Onge

  • "No hay preguntas tontas: sólo respuestas tontas." Marshall Loeb.

  • "La mayoría de la gente se avergüenza de la ropa raída y de los muebles destartalados, pero más debería ruborizarse de las ideas andrajosas y las filosofías gastadas." Albert Einstein.

  • "No hay como volver a un sitio que no ha cambiado para darse cuenta de cuánto ha cambiado uno." Nelson Mandela.

  • "Es preferible vivir en un universo donde la vida está rodeada de misterios, que en un mundo pequeño y abarcable en su totalidad por nuestra mente." Harry Emerson.

  • "El optimista permanece despierto hasta la medianoche para ver llegar el Año Nuevo. El pesimista, para estar seguro de que ya se fue el Año Viejo." Bill Vaughan.

Usenlas para hacerse ver con sus amistades como gente culta. Les aseguro que funciona.

martes, 9 de diciembre de 2008

Harakiri

Cierto. No se dice Harakiri. Ese es el nombre vulgar, según me explicaron. No me importa. Eso es lo que iba a hacer. Clavarme un cuchillo en el estomago y fuaaa, destriparme de una.

Tenía el tramontina en le mano izquierda. Si, es la no hábil, pero tampoco era cosa de despanzurrarse (palabra de Mafalda) en serio. De a poco, fui bajando el mouse. Iba por la F y me temblaba el pulso. Suerte que el ratón no distingue y baja de todas formas. Vi la S. Vi Santos. Solté el cuchillo y tapé la parte de la derecha de la pantalla.

Cobarde. Tenía que fijarme. Era ahora, a las dos a.m. o mañana de mañana. No resistiría toda la noche. Ya estaban los resultados, había que verlos. Vamos, corré la mano. Ahí esta, abajo de los deditos...

Un escalofrío recorrió mi espalda. Esa nota definiría el resto de mi existencia. Sola frente al monitor, conocí mi destino: a examen.

Gracias Mauri (profesor a cargo de la Cátedra de Matemática de la Facultad de Química). Si perdía el curso, no sé que hacía.

I LOVE MAURICIO!!!!!!!

miércoles, 26 de noviembre de 2008

El poder mágico de las palabras.




Antes creía que sólo las personas sensibles, las que gustaban de la escritura, los soñadores, los locos y demás personas poco usuales eran las que se veían afectadas por este mal. Afortunadamente, descubrí que no es así. Cuando el hechizo es poderoso, cuando se hace correctamente, son pocos los que pueden evitar caer bajo el poder mágico de las palabras.

La personas están dispuestas a dejarse maravillar. Es más, quieren hacerlo. Es hermoso saber que alguien te quiere y desea abrir su corazón y mostrarte sus verdaderos sentimientos. Es uno de los regalos mejores regalos que se pueden recibir.

Las palabras no tienen que ser directas. "Te quiero", muchas veces dice menos que "quería saber cómo estabas" o "hace tiempo que no sé nada de vos". Esas palabras tímidas, que no dicen nada y al mismo tiempo lo dicen todo, son las que cuentan. Son oraciones que uno no sabe cómo serán recibidas, pero que están escritas con tanto sentimiento, que el amor consigue viajar a través de ellas.

Las palabras también pueden herir. Pueden producir mucho odio o tristeza... Hoy no deseo hablar sobre eso. La vida es demasiado corta para darle importancia a lo desagradable.

La belleza está ahí, en los detalles. En esas palabras que escriben los amigos.

Gracias. A todos aquellos que escribiéndome, me demostraron su cariño.

sábado, 22 de noviembre de 2008

¡Oh, amado mio!


Lo conocí gracias a la Enciclopedia Encarta. Escuché "mientras se siente que se ríe el alma/sin que los labios rían" y me enfermé de amor. Una gran amiga cometió un crimen para remediar mi mal: pidió prestado un libro que nunca fue ni será devuelto. "Rimas y declaraciones poéticas" de la Colección Austral.
Ah... cuantas veces mi adorado Gustavo Adolfo me acompañó a lo largo de estos años. Cuando me enamoro, sus poemas expresan con gran exactitud mis emociones. Cuando sufro por amor, el me demuestra cuánto a sufrido y lloramos juntos nuestro desengaño. Cuando la vida me defrauda o el peso de la mortalidad me abruma, él está ahí para hablarme a través de sus hermosos versos.
Tengo otro libro de Bécquer. Las rimas se encuentran en otro orden y contiene varias leyendas. Algunas son muy buenas...
Sin embargo... Sin embargo a mi me gustan sus rimas. Todas y cada una. Con el correr de los años, según mi estado espiritual, mi favorita va cambiando. En fin... a él lo amo. Fue mi amor a primera leída.
Ni siquiera puedo contar las veces que leí sus rimas. Son sublimes.


"¡No me admiró tu olvido! Aunque, de un día,

me admiró tu cariño mucho más;

porque lo que hay en mi que vale algo,

eso... ni lo pudiste sospechar"








"¿A qué me lo decís? Lo se; es mudable,

es altanera y vana y caprichosa;

antes que el sentimiento de su alma,

brotará el agua de la estéril roca.


Sé que en su corazón, nido de sierpes,

no hay fibra que al amor responda;

que es una estatua inanimada..., pero...

¡es tan hermosa!"






"Como en un libro abierto

leo de tus pupilas en el fondo.

¿A qué fingir el labio

risas que se desmienten con los ojos?


¡Llora! No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves: yo soy un hombre... y también lloro."







"De lo poco de vida que me resta,

diera con gusto los mejores años,

por saber lo que a otros

de mí has hablado.


Y esta vida mortal y, y de la eterna

lo que me toque, si me toca algo,

por saber lo que a solas

de mí has pensado."


Hay un par de rimas que también me gustan... pero llegan demasiado a mi corazón y no me animo a transcribirlas. Tal vez... algún día...

martes, 18 de noviembre de 2008

I don´t like the drugs but...



Metí las manos en los bolsillos en un vano intento por protegerlas del frío. Temblaba. Miré hacia arriba. El reloj del banco marcaba las veintitrés cincuenta.

Me encontraba bajo el único farol que alumbraba la plaza. Di unos cuantos pasos tratando de calmar la ansiedad que me invadía. Volví a mirar la hora. Cada minuto, cada segundo era eterno.
A lo lejos aulló un perro. Oí pasos. Le rogué a Dios que fuera él.

- ¿Hace mucho que esperás?- me dijo al acercarse.
- No, no. Recién llegué- me apresuré a contestar. Quise aparentar una calma que no poseía. El movimiento impaciente de mis manos me delataba.
- Tomá. Lo que me pediste- me dijo entregándome un paquetito-. Si necesitás más, ya sabés cómo ubicarme.

Le pagué, me guardé el paquetito en la campera y me fui corriendo a casa. Era todo lo que necesitaba. Ahora todo iba a estar bien. Unos cuantos gramos y volvería a ser yo mismo.

Hoy Roy Berocay, nos hizo una devolución a todos los que asistimos a su taller de escritura. Me dijo que escribo bien... (si estuviera en el MSN, agregaría una carita :-$, o sea, sonrojada). Por suerte, yo no me creo las mentiras que me dicen.

Eso que escribí al principio es una parte de un ejercicio que hice. Intento ser menos vergonzosa y publicar mis trabajos. El ejercicio constaba de escribir la misma situación, contada en primera y en tercera persona, cambiando el clima de la situación.



La plaza estaba repleta de gente que iba y venía. El sol se encontraba en su punto más alto. Juan caminaba inquieto alrededor de la fuente. Hacía quince minutos que esperaba a alguien. Se sentía incapaz de seguir soportando a esa multitud por más tiempo.

- ¿Hace mucho que esperás?- dijo una voz familiar a su espalda.
- No, no. Recién llegué- contestó apresuradamente Juan con tono despreocupado mientras sus manos se movían nerviosamente.
- Tomá. Lo que me pediste- dijo el otro entregándole un paquetito. Juan miró el papelito con desesperación. Al otro le avergonzaba esa mirada delatora-. Si necesitás más, ya sabés cómo ubicarme.

Juan le pagó y se alejó rápidamente manoseando el paquetito dentro del bolsillo de sus jeans. Transpiraba bajo el ardiente sol de enero. Deseaba con urgencia llegar a su casa. Con unos cuantos gramos, volvería a ser el mismo de siempre.